El destino del Palacio Negro; de mazmorra a guardián de la historia

De: excelsior.com.mx (click en la imagen para redireccionar la nota).

 

Fue durante la administración de José López Portillo que se acordó transformar la penitenciaría en el Archivo General de la Nación.

 

En una entrevista publicada en la Sección B de Excélsior, el 12 de enero de 1976, comenzó el debate sobre el futuro del edificio que durante más de 75 años había sido el Palacio Negro de Lecumberri. Las declaraciones que el historiador Eduardo Blanquel dio a la reportera Magdalena Saldaña levantaron ámpula. “El edificio de la Penitenciaria es parte muy importante de nuestra historia, de nuestro pasado reciente y no debe destruirse”, expresó el investigador.

 

Blanquel propuso que el edificio fuera convertido en un museo de criminología e inmediatamente comenzaron a organizarse expertos preocupados por el patrimonio, para defender el inmueble que sería dinamitado para construir en su lugar la Alameda del Oriente. Una vez que quedó desierto el edificio de San Lázaro, Sergio García Ramírez, el último director de la cárcel preventiva, alcanzó a escuchar desde su oficina los golpes de los martillos que habían empezado la demolición.

 

El historiador Jorge Alberto Manrique recordaría años más tarde que incluso ya había “acuerdos” para vender el hierro del edificio. Manrique era entonces director del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM y miembro del Comité Mexicano de Monumentos y Sitios (ICOMOS); tras conversar con Blanquel decidió enviar una carta al regente del Distrito Federal, Octavio Sentíes, solicitándole que frenara la destrucción del edificio.

 

Después de que las autoridades otorgaron audiencia a Manrique, siguieron largas horas de discusión. A la defensa de Lecumberri se había sumado Edmundo O’Gorman; Flavio Salamanca, director de Arquitectura del INBA y el arquitecto Jorge L. Medellín, presidente de ICOMOS. La discusión fue ríspida y llegó a Los Pinos. La última reunión acabó a la 1:30 de la mañana, cuando el presidente Luis Echeverría dijo: “Detesto Lecumberri, pero, si ustedes que saben dicen que hay que conservarlo, conservémoslo”.

 

García Ramírez lo recuerda así: “el Presidente accedió, atendió aquella petición y suspendieron la demolición. Las autoridades dijeron: ‘está bien, ya falta poco para el relevo sexenal —que sería el 1 de diciembre—, como está esta corriente de opinión, respetémosla y dejemos todo en puntos suspensivos, no hay ninguna urgencia, que el nuevo gobierno tome la decisión que crea conveniente”.

 

La primera propuesta para el edificio fue de O’ Gorman quien sugirió designarlo como un espacio para las artesanías mexicanas, pero no fue sino hasta el gobierno de José López Portillo, cuando desde la Secretaría de Gobernación, que encabezaba Jesús Reyes Heroles, se decidió convertirlo en el Archivo General de la Nación. La noticia se la dio a los expertos en una reunión en el University Club, en febrero de 1977, y se hizo oficial mediante un decreto el 22 de mayo de ese mismo año.

 

LA FUGA Y DESALOJO

 

La fuga que apresuró el desalojo de Lecumberri en 1976 requirió un chantaje de 50 mil dólares y como en la fuga de El Chapo Guzmán se llevó a cabo desde una casa a 35 metros de la Cárcel Preventiva, previamente adquirida.

 

La noticia de la fuga del narcotraficante, Alberto Sicilia Falcón y tres de sus cómplices, sacudió a la opinión pública al grado que el presidente, Luis Echeverría apresuró el cierre de la prisión.

 

El expediente 4024/76 del narcotraficante, que se conserva en el Archivo Histórico de la Ciudad de México, presenta signos de que alguna vez se mojó. Sicilia Falcón había sido trasladado desde Tijuana a Lecumberri, acusado de importación y exportación de mariguana y cocaína, entre otros delitos contra la salud. Desde su llegada a la prisión supo que debía pagar dinero para tener privilegios.

 

A su ingreso, él mismo declaró cuando tramitó un amparo que “tuvo antecedentes de que en el penal tenía que pagarse alguna cantidad para que designara celda. Que se entrevistó con su defensor para que gestionara la designación de una celda para él y sus compañeros, que entregó la cantidad de 150 mil pesos y se le asignó la celda 30”.

 

El narcotraficante obtuvo para él sólo una celda que originalmente era para cuatro personas, tenía televisor y aparato de reproducción de sonido, además de un lugar asignado para cocina y bodega. No debía pararse a pasar lista a las 6:45 de la mañana y tenía a su disposición una persona a la que pagaba cien pesos semanales para que le aseara las celdas. Sicilia Falcón había adquirido celdas de privilegio no sólo para él, sino también para sus secuaces: José Egozi Béjar, Roberto Hernández Rubí y Luis Antonio Zucoli.

 

El túnel desde el que se evadió Sicilia Falcón junto a sus cómplices, en abril de 1976, empezaba en la celda 29 de la crujía “L”, que ocupaba Hernández Rubí. Desde una casa a 35 metros de la cárcel, que cruzaba el arroyo vehicular de la calle Héroe de Nacozari, se excavó el pasadizo que los conduciría a la fuga. Para lograr evadirse, el cubano-estadunidense nacido en Matanzas en 1945, y que había trabajado antes para la CIA, pagó 50 mil dólares en sobornos.

 

El anuncio de que el narcotraficante había sido recapturado se dio a conocer el 2 de mayo de 1976. Sicilia Falcón volvió a Lecumberri sumando los delitos de fraude, cohecho y daño en propiedad ajena, pero los días del Palacio Negro estaban contados y él había sido el causante de que se acortaran.

 

EL MURAL DE LOS REOS

 

El supuesto robo de algunos “objetos” de su propio escritorio de trabajo, le valió al dibujante Cuauhtémoc Hernández Ochoa permanecer cautivo más de un año en Lecumberri. Cuando cayó en prisión, el originario de Contepec, Michoacán, tenía 32 años.

 

Durante el corto periodo que estuvo preso dejó rastros que aún se conservan de su reclusión en el Palacio Negro durante los años cincuenta del siglo pasado: un mural dividido en cuatro secciones que fue rescatado a finales de 2015.

 

Pintado a partir del 1 de octubre de 1958, el mural fue ideado por los reos Rolando Rueda de León y Franco Maugini Salini, quienes plasmaron su peculiar visión de la historia de México desde la prisión. Cuauhtémoc Hernández era jefe de dibujantes del Departamento de Gráficas de la Secretaría de Hacienda; su propio hermano y un compañero de trabajo lo acusaron el 12 de marzo de 1954, afirmando que “al formularse la relación de objetos (que estaban en su escritorio) pudo constatarse que faltaban varios de ellos”.

 

En el expediente del artista no se consignan los objetos perdidos, pero sí que en conjunto tenían un valor de cuatro mil 424 pesos.

 

Hernández fue capturado años después y recibió formal prisión el 13 de septiembre de 1958; un nuevo peritaje de los objetos robados determinó que tenían un valor de tres mil 900 pesos.

 

Aceptó que no avisó a sus jefes que se ausentaría de su trabajo, pero negó el robo y afirmó que su escritorio había sido forzado por él mismo por haber perdido la llave, que lo había dejado abierto, pero que él nunca se llevó nada.

 

Por abandonar su empleo no fue procesado, pues el delito había prescrito, pero sí se le acusó de “peculado”. Mientras seguía pintando el mural, Hernández solicitó un certificado de buena conducta que le firmó el director de Lecumberri, Carlos Martín del Campo. Precisamente el mural fue pintado en un local que Martín del Campo decidió convertir en “salón de actos”, después de que había servido como taller de flores de plástico.

 

Después del cierre de Lecumberri en 1976, el mural y el espacio permanecieron casi inalterados y sólo el tiempo los fue acabando. Apenas en 2015 se ordenó nuevamente su restauración.

 

Especialistas del INBA trabajaron tres meses en el rescate de los segmentos “Cruz, espada y pólvora. La ley es la ley”, “Génesis mestiza”, México contra España mestizaje” e “Independencia”. El mural recobró su primera apariencia con una inversión de 1.2 millones de pesos.

 

ÚLTIMOS PRESOS

 

El 26 de agosto de 1976, Pedro M. volvió a subirse a un automóvil pero ahora como pasajero. También era un vehículo de la policía, una “julia” para ser exactos, donde iba acompañado de otros 72 procesados que se convertirían en el último grupo de reos que pisó el Palacio Negro de Lecumberri. Pedro tenía 16 años viviendo tras las rejas, llegó a la prisión en diciembre de 1960.

 

En el “Libro de visitas” de la Cárcel Preventiva del Distrito Federal aparecen enlistados los últimos reos que durmieron esa noche entre sus muros. El reporte del 26 de agosto consigna que Lecumberri amaneció con 62 reos; a lo largo de ese día, jueves, todavía llegaron 13 sospechosos de diferentes delitos y quedaron en libertad tres más, todas mujeres. El último convoy con rumbo a los reclusorios Norte y Oriente salió de Lecumberri con procesados.

 

Pedro M. había sido detenido en 1960: su delito fue “lesiones y daño en propiedad ajena por imprudencia”. El 5 de diciembre de ese año todavía trabajaba en la Onceava Compañía de Policía, alrededor de las 12:10 horas circulaba sobre la avenida Lorenzo Boturini cuando se impactó con un Chevrolet 1959 que avanzaba por la calle Lázaro Pavía. Pedro llevaba como copiloto al primer comandante, Valentín Vidal.

 

A Lecumberri llegó con lesiones y en su expediente, que se conserva en el Archivo Histórico de la Ciudad de México, no queda claro si hubo lesionados en el choque, pero el peritaje resolvió que “por la huella de frenada que dejó impresa en la calle” circulaba con exceso de velocidad. Los peritos determinaron, además, que el Jeep, al circular en una vía de mayor velocidad, debió “anunciar su paso con la sirena”.

 

El desalojo total de Lecumberri fue paulatino. En julio de 1976 aún quedaban más de dos mil 500 reos que diariamente disminuían, la mayoría de ellos eran enviados a los nuevos reclusorios

construidos como parte de la reforma carcelaria que se emprendió en aquellos años, pero también eran conducidos a Santa Marta. El 1 de agosto se intensificó el traslado y cada día salían entre 80 y 230 reos. El día anterior al desalojo total se habían ido 231 y Lecumberri había quedado con 62 reos.

 

Entre esos prisioneros estaba “El camote”, de 28 años, originario de Pinotepa Nacional, Oaxaca, que ya tenía cinco años en Lecumberri, a donde llegó el 6 de noviembre de 1971. Pablo C., como se llamaba, fue acusado de “lesiones, robo por pandilla” y en 1972 comenzó a tramitar su libertad a través del Patronato para Reos Libertados.

 

40 AÑOS DESPUÉS

 

Cuarenta años después de que el edificio de la Cárcel Preventiva del Distrito Federal quedó libre de reos, la dirección del actual Archivo General de la Nación planea convertirlo en un espacio cultural donde se podrá conocer la historia archivística mexicana y las funciones que tuvo el inmueble, como la prisión de Lecumberri.

 

El portentoso edificio que hace 40 años vivió su primera mudanza cuando fueron trasladados los reos que lo ocuparon, vive un nuevo cambio: al inicio de este año comenzó el traslado de los miles de archivos que ahí se conservan para colocarlos en un nuevo edificio alterno que ya se encuentra prácticamente terminado y que dará solución a los problemas estructurales que presentaba el inmueble antiguo.

 

Con la mudanza, las antiguas crujías “B”, “D” y “E”, ahora Galerías 1, 2 y 3, más dos edificios originales del edificio histórico, se convertirán en las áreas de consulta y de circulación de los investigadores, explica a Excélsior Mercedes de la Vega, directora del Archivo General de la Nación (AGN). El resto de las galerías quedará liberado de los miles de documentos que resguardaron desde 1982, cuando terminó por instalarse ahí el AGN.

 

Ya libres, esos espacios podrían convertirse en galerías de exhibición. De la Vega trabajará en un proyecto museográfico para el lugar una vez que termine la instalación completa del AGN en sus nuevos edificios, programada para quedar antes de que termine el año. La funcionaria explica que adicionalmente al edificio de acervos, ha sido construido un inmueble más que servirá como sede del Laboratorio Nacional del Sistema

 

Documental de México.

 

“A través de convenios diseñados con otros centros del sistema Conacyt y con la misma UNAM vamos a poner en marcha el laboratorio, ya está en operación y estará destinado a la investigación, además de que ahí se llevarán a cabo procesos de restauración de documentos y nos interesa que la archivística adquiera una nueva dimensión a través del trabajo de investigación que ahí se desarrolle”, dice.

 

Los cambios al interior del AGN, agrega, no sólo son de tipo físico.

 

“El archivo se está renovando en muchos sentidos, no sólo es el tema de la obra, de los dos edificios, el laboratorio ya está funcionando, el otro de acervos, ya está amueblado, lo que se hace es el retoque final. Hemos estado haciendo un trabajo muy intenso con todos los estados del país, por mandato constitucional tenemos que forma un Sistema Nacional de archivos que tiene que estar conformado por los estatales y agrupar a los municipios, eso implica homologar procedimientos de archivo”.


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