La decapitación, “expresión de violencia máxima”; busca aterrorizar: criminólogos.

De: jornada.unam.mx (click en la imagen para redireccionar la nota).

 

Las decapitaciones perpetradas por el hampa son una “expresión extrema de violencia” que busca generar terror entre la población, atemorizar a grupos enemigos y establecer zonas de control, y constituyen una “semiótica” del delito, “señales de que (quienes las cometen) son más poderosos que sus rivales” y las autoridades encargadas de impartir justicia, coincidieron investigadores, abogados y especialistas en criminalística.


Durante agosto han sido decapitadas 30 personas. Según especialistas en el tema, este tipo de ejecuciones resurgió en 2006 en Guerrero, con la disputa de territorios entre los cárteles de Sinaloa y el Golfo, y se han extendido en los últimos dos años a casi todos los estados.

Eduardo Torres, profesor del departamento de derecho de la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco, consideró que el objetivo de esos asesinatos es el dominio territorial mediante la “siembra del terror”, además de que los grupos del crimen organizado buscan intimidar a sus rivales, al gobierno y a la ciudadanía.


“En este tipo de actos perversos hay una especie de semiótica del crimen, un símbolo donde el mensaje para el grupo contrario y el gobierno es: ‘mira lo que sucede si te metes con nosotros’. A través de los mensajes con mutilación buscan el reinado del terror para evitar la confrontación directa con sus rivales”, señaló el investigador.


Recordó que fue a principios de los años 90 cuando grupos del crimen organizado “rompieron una regla de oro: no meterse con la familia de los jefes del grupo rival, cuando HéctorEl Güero Palma recibió la cabeza de su esposa dentro de una caja”.


Al respecto, Luis José Hinojos, director general del Centro de Investigación en Criminalística, Victimología y Prevención Criminológica Maestro Alfonso Quiroz Cuarón, señaló que la decapitación “significa poder, señal de fuerza y capacidad de daño al cuerpo de otro, y es en sí la expresión de violencia máxima contra otro ser, ya que se entiende que la víctima no sólo sufre la muerte, sino además mutilaciones con saña”.


Para el especialista, lo que está sucediendo en el país “tiene un doble significado: es primero un acto de suma violencia que busca atemorizar a grupos sociales en cualquier comunidad; el segundo simbolismo se relaciona con otros grupos criminales, ya que las decapitaciones se han convertido en una forma de decir ‘yo domino o controlo esta zona’”.


En tanto, miembros del Instituto de Capacitación de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal –que solicitaron el anonimato, dado que a últimas fechas se les ha ordenado dar entrevistas solamente si cuentan con autorización de los encargados de esa instancia– coincidieron en señalar que “esta violencia extrema ha ido creciendo desde 2006, cuando aparecieron dos cabezas colgadas frente a unas oficinas gubernamentales en Guerrero, y cada vez los casos han sido más dramáticos, ya que han pasado de tirar cabezas y cuerpos en distintas partes a arrojar los restos humanos frente a instalaciones de periódicos locales.


“Además de colocar mensajes en los cadáveres, los autores de esos crímenes saben que sus acciones van a provocar un gran impacto en la comunidad de donde era originaria la víctima, la entidad donde ocurren los hechos y, posteriormente, como ahora sucede con los 12 ejecutados en Yucatán, que la trascendencia es a nivel nacional.


“Estas ejecuciones tienen simbolismo como vulnerabilidad de la víctima y poder para el victimario; los grupos del crimen organizado que están cometiéndolas buscan impresionar a los integrantes de bandas rivales, con la intención de evitar que afecten sus mercados o zonas de influencia”, señalaron los criminólogos capitalinos.


Al respecto, peritos de la Procuraduría General de la República explicaron que esos homicidios son una “señal para demostrar poder hasta la brutalidad, y los cárteles mexicanos han utilizado esto como mecanismo de venganza contra quienes pretenden invadir mercados ajenos, y en este momento se ha convertido hasta en un sello de las organizaciones más enfrentadas: los cárteles del Golfo y de Sinaloa”.


Por su parte, René Jiménez Ornelas, integrante de la unidad de análisis sobre violencia social del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, afirmó que con los degollamientos los grupos armados del narcotráfico responden a sus rivales y al gobierno. “Es decirle a la ciudadanía, a sus enemigos y a las autoridades: ‘nosotros somos capaces de decapitar porque somos muy poderosos’.”


El investigador universitario aseveró que ni el presidente Felipe Calderón ni los gobernadores han actuado como estadistas, ya que no han respondido de manera integral para solucionar los problemas generados por el crimen organizado. “No basta con espots triunfalistas. No es cuestión de policías y ladrones; esto no se puede resolver sólo con convenios y de un día para otro”.


Al respecto, Eduardo Torres refirió que el gobierno federal emprendió una guerra contra el crimen organizado, pero sin una estrategia para controlar los excesos de esos grupos delictivos.


“Se actúa casi por inspiración; es un acto desesperado para ganar legitimidad. El gobierno actúa con violencia y ellos (los sicarios) responden con más violencia, y los que quedamos en medio somos los ciudadanos”, apuntó.


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